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Opinión - 2 semanas ago

Lo pedante y lo cursi

La pedantería es una tara habitual de intelectuales y la cursilería abunda en gentes del espectáculo

Lo pedante y lo cursi no son lo mismo, pero brotan de la misma fuente. Una y otra cualidad están marcadas, en efecto, por un estiramiento sobreactuado y vigilante que no se consiente a sí mismo perder de vista ningún detalle. Además, no basta con ser pedante o cursi durante un rato y recobrar después la lucidez del habla; quien ostenta una de esas dos propiedades lo hará adictivamente mientras comparezca en la escena social, y a menudo tendrá que aumentar la dosis, no vaya a ser que surjan dudas sobre lo sabio o lo refinado que es. Huelga decir que se puede ser pedante y cursi al mismo tiempo, lo cual, cuando se da, hace que cada uno de los dos vicios sea más insoportable.

La pedantería es una tara habitual de intelectuales, escritores y profesores, mientras que la cursilería encuentra quizá su estereotipo entre las gentes del espectáculo. Allí donde los cursis se reúnen (y no digamos si se trata de una de esas galas relamidas en las que se otorgan honores y premios), el empalago crece hasta provocar un sonrojo bochornoso.

La competencia entre gente cursi provoca la adulación mutua y el amaneramiento general, mientras que las pugnas entre pedantes suelen ser avinagradas y resentidas: el cursi busca impregnarlo todo de afectación como quien embadurna de miel un bizcocho, pero el pedante necesita mostrar que nadie de los que le rodean (intrusos e impostores que nunca se le deberían haber acercado) puede competir con él.

Lo esencial de los términos “pedante” y “cursi” es que solo se aplican a la conducta ajena. Uno mismo se juzgará refinado (e incluso exquisito), pero no cursi, o se creerá portentosamente docto, pero jamás pedante, de modo que el exterminio de estos vicios está condenado al fracaso: como no habrá quien admita pertenecer a las categorías en cuestión, nadie se dará nunca por aludido.

Conviene añadir que las relaciones entre la cursilería y la zafiedad y entre la pedantería y la ignorancia son cosa bien perversa. El cursi puede llegar a convertirse, cuando se queda en pijama, en el hombre más zafio del distrito, y tampoco será raro que el pedante, fuera de horario lectivo, tenga por cosa apropiada entregarse a un adocenamiento mental que haría enrojecer a sus alumnos (nótese, de paso, que, aunque la pedantería y la cursilería son distintas entre sí, sus contrarios se asemejan mucho).

El cuádruple caso del pedante que además es cursi y que puede llegar a mostrarse brutalmente grosero y a hacer mofa de la inteligencia parece demasiado imperdonable, pero todos hemos tratado con gentes así, y la mezcla no resulta rara. ¿Acaso no es la cultura contemporánea un tránsito cansino y tedioso entre esos cuatro momentos, que se suceden en orden variable y con ritmo cambiante? Puede que lo sea, pero puede también que esto no constituya una novedad de nuestra época. Seguramente la vida civilizada es cursi y pedante por naturaleza, y debe segregar las cantidades de incuria mental y rusticidad de modales necesarias para hacerse perdonar las dos primeras vergüenzas.

La cultura es cierta sucesión de fases en las que las personas individuales y colectivas están poseídas por alguno de esos cuatro demonios, desgarradas por la pelea entre ellos o absorbidas por alguna de sus mezclas. Aquí debería regir la máxima de Cristo acerca de la lapidación de la mujer adúltera: para que se tirase la primera piedra, tendría que haber alguien libre de pecado, y lo más recomendable sería imaginarse contundentemente descalabrado, en medio de toda la pedante cursilería a que uno puede abandonarse si se le da ocasión y se le presta oídos. Todo el mundo debería intentar el ejercicio: si de verdad quieres conocerte a ti mismo o a ti misma, imagínate actuando de la manera más artificiosa y engolada, e imagina después la grosera resaca de esas embriagueces. Calcula cuántos episodios de alguno de estos tipos has ofrecido en las últimas semanas y cuántos te dispones a perpetrar en las próximas.

Las palabras prestan un servicio admirable, aunque envenenado y difícil de soportar, cuando aquellas que se inventaron para burlarse de la conducta ajena se manifiestan (con la gélida perversidad de que es capaz el lenguaje, y solo él, en los momentos en que cobra vida propia) aplicadas a uno mismo. Ten cuidado con estos episodios porque no te proporcionarán el retrato más gratificante que de ti pueda darse, pero sí el único verdadero. El tuyo y el de lo que sueles llamar tu cultura y tu época. La verdad, no en vano, solo se revela cuando las palabras se extravían de su curso ordinario en un modo hasta entonces desconocido, haciendo de lo acostumbrado un anacronismo que no se entiende cómo pudo durar tanto.

Antonio Valdecantos es catedrático de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimos libros son Signos de contrabando (Underwood) y Sin imagen del tiempo (Abada).

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