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Opinión - 22.04.2020

El paisaje cambia sin que se mueva una hoja

Vamos a echar de menos a todo el mundo ahora que el mundo cambia. Y aún más a los que tenían el mejor ojo para sospechar de las cosas antes de que ocurriesen

José María Calleja vivió uno de los tiempos más importantes de este país, aquel en el que se plantó cara al terrorismo fascista de ETA y, como consecuencia de ello, y entre cadáveres de amigos, para mucha gente el fascista y el terrorista era él. Hoy que ponemos el foco en la persecución de las mentiras, aún sin éxito y a menudo contraproducentemente, se va una persona que representaba el tiempo en que decir la verdad en público costaba la vida. Alguien que tuvo que ser protegido en una democracia para no ser asesinado por defenderla, y que ni siquiera en las cárceles de Franco se dio el lujo del odio aun cuando la banda voló por los aires a Carrero Blanco porque intuyó a tiempo que alegrarse de un asesinato lo único que conseguía era prestigiar al asesino. Tuvo buen ojo.

Me entero de la muerte de Calleja al mismo tiempo que una amiga me comunica la muerte de su abuela; me ha llamado mientras escribo un artículo sobre la muerte del padre de un médico. No veo la televisión, escucho poco la radio, leo apenas dos o tres periódicos; todas las muertes de las que me informo llegan por WhatsApp y las siento caer como en aquel juego, Hundir la flota, cada vez más cerca de mis barcos pero nunca en agua, siempre en barcos de los demás. La industrialización de esta tristeza que no concibe ni siquiera tanatorios o funerales, nada más allá de un mensaje a alguien por el que irías con gusto a darle un abrazo, se deteriora con el tiempo, como si las cosas no empezasen a ir contigo; suele ocurrir precisamente en el momento en el que empiezan a ir contigo más que nunca.

El paisaje de ahí fuera, ese que no vemos porque está cerrado, cambia irreversiblemente sin que se mueva una hoja. No va a hacer falta ir a los cementerios; bastará salir a la calle para ver los huecos que han dejado los clientes habituales de los bares, de las peluquerías, de los pequeños comercios que queden en pie, de las pequeñas librerías que queden en pie, de las pequeñas consultas que queden en pie; en ese mundo que quede en pie, el que teníamos más a mano, será todo más perceptible y más cruel.

Hace dos semanas, el dueño de un bar me contaba su miedo particular, el de abrir y empezar a echar en falta, con el tiempo, a uno y a otra, y no saber ni siquiera a quién preguntarle. La pandemia ha fundado una muerte sin cortejo, algo que está ocurriendo invisible ante nuestros ojos salvo casos excepcionales, por su oficio, como el de Calleja. Imaginen que no fuese así y abrir los periódicos, encender las radios y las televisiones y, a los pocos días, echar en falta a este o a aquel, a determinado ministro, a una periodista, a un tertuliano, a una científica. Esto es lo que va a ocurrir en España en los próximos meses sin la fortuna de las luces y los taquígrafos; muertos por intuición. Exactamente como se mueve seis semanas después el Gobierno, que ha decidido en un primer momento (me cuesta creer que cuando esto se publique no se haya rectificado) que los niños puedan salir a los bancos, los supermercados y las farmacias. Los niños, repito, no los yonquis.

Vamos a echar de menos a todo el mundo ahora que el mundo cambia. Y aún más a los que tenían el mejor ojo para sospechar de las cosas antes de que ocurriesen.

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