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Opinión - 06.12.2019

La democracia impotente

Los proyectos totalitarios en Occidente forman parte del pasado, pero no convendría bajar la guardia

Hace un siglo, y a pesar de que la Gran Guerra había terminado en 1918, Europa seguía inundada de sangre. Un torbellino de pura violencia recorría impertérrito el continente, alimentado por la furia de destrucción que se inició en los frentes, seguramente ya en 1912 con las primeras escaramuzas en los Balcanes. Más de cuatro millones de personas murieron en los conflictos de posguerra desde que el imperio alemán firmó el acuerdo de armisticio en un vagón de tren en el bosque de Compiègne en noviembre de 1918 hasta que el Tratado de Lausana, en 1923, definió las fronteras de la Turquía moderna. Fueron muchas más que la suma de víctimas mortales de Francia, Reino Unido, Francia y Estados Unidos durante la guerra. Entre los enfrentamientos que estallaron después los hubo para todos los gustos, entre ejércitos nacionales de distintos países o guerras civiles o revoluciones, ya fueran sociales o cargadas de dinamita nacionalista.

Era tanta la violencia que los que fueron combatientes, o seguían siéndolo, la llevaban dentro. En muchos casos, no importaba ya la causa por la que luchaban ni las ideas que pudieran defender; peleaban y destruían y violaban y mataban por pura inercia. Uno de los veteranos que luchó en el ejército alemán y que se integró después en los Freikorps, esos grupos irregulares de extrema derecha que tanta relevancia tendrían en Alemania más adelante, lo explicó así en sus memorias: “Cuando nos decían que la guerra había terminado nos reíamos, porque nosotros éramos la guerra”. También se normalizó la utilización del terror dentro de los aparatos de Estado, ya no solo como represalias o reacciones irracionales, sino como una estrategia para derrotar a sus enemigos. Los bolcheviques se sirvieron del terror para realizar “operaciones quirúrgicas contra quienes eran percibidos como enemigos de clase” y como “factor de disuasión para los enemigos potenciales”.

Los textos entrecomillados proceden de Los vencidos, el libro donde el historiador Robert Gerwarth cuenta por qué la Primera Guerra Mundial no concluyó del todo cuando los países derrotados fueron solicitando el armisticio. Los procesos de radicalización tras el conflicto, ya fueran a izquierda o a derecha, llegaron en 1923 incluso a España, que no había participado en la guerra, con la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. En Italia, “entre 1919 y 1922, una sucesión de cinco Gobiernos, sostenidos por mayorías inestables, exacerbó la crisis del régimen parlamentario, y dio credibilidad a la propaganda fascista y antidemocrática que afirmaba que ‘el siglo de la democracia se ha acabado’, al confirmar la incapacidad del Estado para mantener el orden”. ¿Qué ocurrió? Vino Mussolini, con sus fascios de combate bajo el brazo, y liquidó el entuerto.

Menos mal que fueron asuntos que ocurrieron hace cien años. Los proyectos totalitarios en las democracias occidentales forman parte del pasado, o eso quieren creer los que no ven violencia por ninguna parte (o que consideran irrelevante la que se produce en algunos episodios aislados). Frente al fanático de los Freikorps, la mayoría de los europeos podría decir hoy que somos la paz. Las democracias son, sin embargo, tan frágiles que no convendría bajar la guardia. Y hoy, en el Día de la Constitución, nunca está de más volver a recordarlo.

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