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Opinión - 24.01.2020

El hechizo de la normalidad

El virus del resentimiento corroe hoy a los países del Este de Europa, que en 1989 querían imitar a las democracias occidentales

El historiador Tony Judt explicaba, en unas conferencias que dio en el Centro John Hopkins de Bolonia en mayo de 1995 y que recogió en su libro ¿Una gran ilusión?, que la Europa del Este no es tanEuropa como la otra. El hecho de que aquellos países que salían entonces del ostracismo tras la caída del muro de Berlín pudieran ser admitidos unos años después en la Unión, decía, “no borraría los efectos de más de 50 años de terror, dictadura, represión y estancamiento”. Enfatizar lo propio y lo más cercano, los rasgos identitarios, se convirtió en los países del Este en una manera de batallar contra la internacionalización que imponía el comunismo, así que Judt advertía que si este había sido vulnerable a los nacionalismos también podía serlo el club europeo. Temía que Bruselas, borracha de éxito, se precipitara e impusiera sus reformas en el Este a la manera de un déspota ilustrado. Y dejara a los perdedores de sus políticas en manos de las fuerzas populistas y reaccionarias.

Un cuarto de siglo más tarde, los investigadores y académicos Ivan Krastev y Stephen Holmes le han dado la razón en La luz que se apaga, un ensayo que lleva un elocuente subtítulo: Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz. La Hungría de Viktor Orbán y la Polonia de Kaczynski, los abanderados más radicales de esas políticas que están contagiando al resto de países del Este y que horadan los cimientos de la democracia liberal, llevan ya tiempo en el corazón de la Unión, y desde allí bombean sus discursos xenófobos y populistas al resto de Europa con una capacidad de convicción nada desdeñable.

Krastev y Holmes utilizan el concepto de imitación para contar lo que ha sucedido en el Este. A finales de los ochenta, los habitantes de esos países suspiraban por la normalidad que veían en la Europa Occidental: poder moverse de un lado a otro, quitarse de encima la asfixiante atmósfera de falta de libertades, tener un horizonte despejado y no la grisura de unas sociedades estancadas. “Los niños en edad de escolarización aprendieron a buscar referentes en Occidente y solo en Occidente”, explican; les resultaba cada vez menos atractiva la idea de imitar a sus padres. Los jóvenes ni siquiera se rebelaban ya contra los adultos, simplemente empezaron “a sentir pena por ellos o dejaron de prestarles atención”. “Puesto que Alemania era el futuro de Polonia —y todo revolucionario quiere vivir el futuro—, los más sentidos revolucionarios podrían asimismo hacer las maletas y marcharse allí”, escriben en otro lugar de su trabajo. Curiosa situación: tanto en la Revolución Francesa de 1789 como en la bolchevique de 1917 en Rusia fueron los enemigos derrotados los que abandonaron el país. “Desde 1989 serían los ganadores de las revoluciones de terciopelo, y no los vencidos, quienes decidieran salir por piernas”. Para empaparse de sus modelos a imitar.

Se quedaron en casa los sectores menos dinámicos, y el virus del resentimiento fue creciendo. Nada hay más eficaz que ese veneno para destruir el proyecto europeo. Ahora que la Comisión de Ursula von der Leyen ha lanzado su plan verde para combatir la emergencia climática tendría que prestarle atención a Judt (y a Krastev y a Holmes): por mucha razón que le asista, sus recetas no tendrán mucho recorrido si las impone (y la rebelión está cantada). Es, pues, la hora de ejercer el liderazgo, de seducir y convencer.

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