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Opinión - 20.02.2020

Tras las huellas de De Gaulle

Como sucedió en la primera Guerra Fría, hay en Europa al menos una voz disidente, la de Macron, que quiere matizar las exigencias de Washington

La nueva Guerra Fría ya está aquí. Y no es como al anterior. Es tecnológica. No es Moscú quien está enfrente, sino Pekín. Pero de nuevo tiene en Europa su principal territorio de confrontación. Va de teléfonos móviles y de tecnología 5G, la que sirve para el Internet de las cosas, la inteligencia artificial y los algoritmos. Y ahora, como entonces, entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1989, es una forma bipolar de repartirse el mundo a costa de la división de los europeos: quien no está con unos, está con los otros, y cada uno deberá atenerse a las consecuencias.

Este es el mensaje que Donald Trump ha mandado, a través de Mike Pompeo, su secretario de Estado, a la conferencia de seguridad que se celebra anualmente en Múnich. Será mejor que los amigos europeos, les ha dicho, se olviden de los agravios acumulados durante esta caótica presidencia y superen el pavor que suscita la posibilidad de cuatro años más de trumpismo para entregarse sin condiciones a las exigencias de Estados Unidos en esta segunda Guerra Fría recientemente iniciada.

No importa que Trump, con su unilateralismo, haya expulsado a los europeos de la resolución del conflicto israelo-palestino, roto el acuerdo nuclear con Irán o arruinado los acuerdos de desarme. Tampoco su boicot a los acuerdos comerciales multilaterales y a la Organización Mundial de Comercio. Ni el abandono del acuerdo climático de París. O su abierta simpatía hacia los regímenes autoritarios y esos nacionalismos populistas que corroen la unidad de los europeos, el Brexit entre otros. Ahora solo interesa el campo de batalla fijado por Washington en la tecnología 5G. Y ahí es donde Trump aprieta las tuercas.

Son dos mundos aparte. Dos lenguajes sin traducción. Pompeo aseguró con todo el aplomo que Occidente está venciendo gracias a su unidad, de la que la OTAN es la mejor demostración. Eso ha sucedido tras la semana triunfal de Trump, recién superado el impeachment, y después de un victorioso discurso del estado de la nación y de sus carcajadas ante las dificultades de los demócratas para encontrar el candidato capaz de desalojarle de la Casa Blanca en las elecciones de noviembre.

Como sucedió en la primera Guerra Fría, hay en Europa al menos una voz disidente, que quiere matizar las exigencias de Washington. En favor del vínculo transatlántico, pero también de la autonomía europea. Con políticas propias, no dependientes de Washington, hacia Rusia, Oriente Próximo o el Mediterráneo. Y con capacidad para garantizar la seguridad y la defensa de los europeos, estrategia nuclear incluida, sin quedar siempre a expensas de una decisión ajena.

Quien lo intentó hace 60 años fue De Gaulle, el fundador de la V República. Ahora es su último sucesor, Emmanuel Macron, quien sigue su huella con el empeño de convertir el soberanismo francés en el soberanismo de los europeos. ¡Vasta tarea!

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