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Opinión - 12.01.2020

Cuidar con imaginación

No es difícil sospechar por qué los niños no desean quedarse solos con la noche, en la oscuridad

Los niños no vienen con manual de instrucciones”, dice la sabiduría popular, imagino que con la intención de subrayar lo particular de la crianza de cada niño, las dudas y los esfuerzos de cada padre y cada madre. La Guía sobre trastornos del comportamiento de niños y adolescentes que acaba de publicar el hospital Niño Jesús intenta ofrecer ese manual de instrucciones: sus autores saben y deben instruir a los padres sobre lo que han de hacer cuando un niño (cualquier niño) no come, no duerme, está triste, se enfada, etcétera. El resultado es un documento plagado de planteamientos conductistas en el que aparecen mezclados trastornos psicopatológicos con reacciones emocionales cotidianas como los celos o las rabietas, o con problemas sociales y familiares tal como la separación de los padres o el acoso escolar. Los síntomas que se mencionan son sistemáticamente vaciados de contenido psíquico: el niño deja de ser una persona a la que le ocurren cosas, fundamentalmente en su relación con los otros —cosas sobre las que debemos reflexionar—, para convertirse en un cuerpo que hay que entrenar y controlar.

El apartado de la guía que más críticas ha suscitado es el dedicado al sueño. Las recomendaciones para los niños que sufren insomnio (definido, erróneamente, como la incapacidad de dormirse solo), resumidas en dejarles llorar y no calmarles con nuestra presencia, han provocado una reacción que ha llevado a sus autores a redactar una segunda versión rebajando el tono de algunas de estas indicaciones. Sin embargo, la reflexión debería ir más allá. Quizá lo esencial a la hora de afrontar los conflictos de la crianza sea la imaginación. La imaginación permite conectar con lo que le pasa al niño. Como no podemos leer la mente de los otros, el único modo que tenemos de acceder a ella es a través de nuestra propia capacidad de representación. Cuanto más hayamos leído y pensado, cuantas más historias atesore nuestra memoria, cuantas más reflexiones acerca de cómo mira y siente un niño, mejor lo entenderemos.

La literatura infantil está llena de ironía, juegos de palabras, monstruos atroces y niños valerosos. Si la leemos a menudo con nuestros hijos, inunda nuestra vida cotidiana, y no nos libera de los conflictos, pero nos da armas para afrontarlos. En relación con los despertares nocturnos infantiles, me atrevo a hacer una recomendación: Una cama para tres,de la escritora colombiana Yolanda Reyes, donde se narra la historia de un niño que no quiere irse a dormir. Todas las noches le ruega a su madre que se quede a su lado en la cama y le cuente un cuento tras otro, hasta que la madre, exhausta, le grita que no puede más y se marcha (porque las madres se cansan a veces de estar con sus niños, eso también lo muestra la literatura). Entonces, “Andrés se quedaba solo. Solo con la noche, temblando de miedo”.

Creo que no debería ser difícil para nadie imaginar por qué los niños no desean quedarse solos con la noche, por qué buscan nuestra presencia en la oscuridad. Andrés se despierta todos los días gritando, hablando del dragón que habita en sus pesadillas. El padre le repite que los dragones no existen. La madre le lleva a una “profesora experta en pesadillas” que le recomienda que no le haga caso para que no se malacostumbre, ante lo que ella piensa, quejosa: “Se nota que esta profesora solo sabe dar clases. La cosa no es tan sencilla”. El problema persiste hasta que una noche el padre cede y deja a Andrés meterse en su cama, y él se va solo a la habitación del niño. Entonces, el dragón se mete en el laberinto de las pesadillas del padre, quien se despierta gritando y pidiendo, ahora sí, que duerman los tres juntos. El dragón, que se había quedado solo en la habitación de Andrés, tiene frío y se acaba marchando con ellos, así que en la estampa final aparecen juntos los cuatro.

¿Qué nos muestra esta historia? ¿Que los padres tienen que dormir con sus hijos en la misma cama? No, por suerte, no es una guía, y hasta los niños más pequeños saben que lo que sucede en los cuentos no se puede trasladar tal cual a la realidad. A los padres les reconforta saber que “las cosas no son tan sencillas”, que a menudo los consejos estereotipados se chocan de bruces con complejas redes de relaciones afectivas y con el hecho de que los niños tienen una mente, por absurdo que parezca tener que recordarlo. A los niños les hace mucha gracia ver que el papá también puede tener miedo al dragón; pero, sobre todo, les tranquiliza saber que sus padres reconocen su miedo a la noche. Esta historia tan simple nos sitúa frente a la complejidad, y tiene la virtud de entrar en la mente de Andrés, de su padre y de su madre, mostrando los deseos y contradicciones de todos ellos.

Los niños no se merecen menos. Me permito sugerir a la Comunidad de Madrid que, en lugar de invertir en guías llenas de consejos, compre algunos libros infantiles para las consultas de pediatría: para que los lean los médicos, para que los lean los padres, para que se los lean a los niños.

Elisa Martín Ortega es profesora de Literatura en la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Madrid y escritora.

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