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Opinión - 25.02.2020

Casado impone

La coalición del PP con Cs es un paso más de la derecha hacia el extremo

El presidente nacional del Partido Popular, Pablo Casado, ha apartado al dirigente vasco Alfonso Alonso como candidato a lehendakari en las elecciones autonómicas que se celebrarán el próximo 5 de abril. Al mismo tiempo, Casado ha impuesto en su lugar a un histórico de la formación, Carlos Iturgaiz, quien había abandonado sus compromisos políticos en protesta por haber sido relegado en las listas del Partido Popular para el Parlamento Europeo. La chispa que ha provocado este movimiento electoral de última hora y la inmediata dimisión de Alonso como presidente del PP vasco ha sido el pacto de coalición con Ciudadanos, acordado en Madrid por Pablo Casado. Pero las causas de la crisis se remontan a la disputa por el liderazgo tras la dimisión del anterior presidente nacional, Mariano Rajoy, y a la controversia acerca de la estrategia de oposición al Gobierno de Pedro Sánchez. En ambos asuntos Alonso se encontraba alejado de la actual dirección, al haber apostado por Sáenz de Santamaría contra Casado y promover un discurso de oposición que no se cerrara a diferentes pactos.

La decisión de Casado tiene un significado más amplio que la simple elección de un candidato para las elecciones vascas, puesto que deja al descubierto el deficiente funcionamiento interno del Partido Popular. El retraso en confirmar la inicial candidatura de Alonso fue la primera señal de que Casado y su entorno recelaban de los mínimos procedimientos de democracia interna exigibles a cualquier partido político. La nominación de Iturgaiz, por su parte, ha sido la confirmación de que a partir de este momento no existe más poder que el de la dirección nacional, ni más estrategia que la que Casado decida. Solo que este doble gesto de autoridad a través de un único movimiento corre el riesgo de fragilizar a Iturgaiz, un candidato con el que no contaba la estructura territorial del partido. Y más aún cuando, por parte de Ciudadanos, el acuerdo de coalición con los populares ha sido suscrito por Inés Arrimadas antes del congreso que debe decidir la composición de la nueva dirección y la línea política del partido.

La defenestración de Alonso demuestra que Casado ha optado finalmente por perseguir la unidad de acción de la derecha, aunque sea al precio de profundizar las heridas que permanecen abiertas desde el último congreso. Esta alternativa resultaría arriesgada para él en cualquier circunstancia, pero más en la perspectiva de las dos elecciones que se celebrarán simultáneamente el 5 de abril. Los inciertos resultados del PP en el País Vasco, que, de cumplirse los pronósticos, Ciudadanos no contribuiría a mejorar, se medirán inexorablemente con los que obtenga en Galicia, donde Alberto Núñez Feijóo parte de una mayoría absoluta y ha decidido seguir el camino contrario al de Casado. Aun en el supuesto de que Feijóo perdiera apoyos, Casado no estará en condiciones de hacerle pagar ningún coste interno si su apuesta por Iturgaiz no resulta un éxito incontestable. Para Casado, la coalición con Ciudadanos en el País Vasco es el primer paso en una reunificación de la derecha en rumbo hacia el extremo. Falta por saber cuánto deberá Casado radicalizar aún su discurso para que Vox acabe entrando a un juego en el que, de mantenerse esta lógica, no sería una fuerza invitada, sino la que tiene la última palabra.

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