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Opinión - 14.10.2019

Asuntos internos

Sin democracia interna en los partidos será más difícil resolver el bloqueo

Las elecciones previstas para el próximo 10 de noviembre contarán con la presencia de un nuevo partido, Más País, liderado por el exdirigente de Unidas Podemos Íñigo Errejón. La eventual entrada de esta formación en el Parlamento, de cumplirse los pronósticos, se sumaría a la de otros grupos políticos que, fuera de los dos grandes partidos, han venido obteniendo representación en las Cámaras a partir de las elecciones generales de 2015. Si por un lado este fenómeno desmiente que la Constitución del 78 y la vigente Ley Electoral conduzcan inevitablemente al bipartidismo, por otro obliga a recordar los requisitos que ambas normas exigen a los partidos políticos en tanto que actores imprescindibles en la formación de la voluntad ciudadana. En particular, los relacionados con la democracia interna.

Las dificultades para formar Gobierno a partir de una composición parlamentaria en la que los nuevos partidos tienen un peso destacado no se deben en absoluto a su presencia en las Cámaras: si están en el Congreso de los Diputados y en el Senado es porque ésa ha sido la voluntad de los ciudadanos. Cuestión diferente son las posiciones políticas que han adoptado, bloqueando en distintos momentos la posibilidad de pactos para formar Gobierno por perseguir el señuelo del sorpasso (o para conseguirlo o para evitarlo), tanto en el ámbito de la izquierda como en el de la derecha. Y no solo eso, sino que además lo han perseguido en virtud del exclusivo interés de los líderes, sin reparar en los costes para el país ni para el sistema. Cuestiones estratégicas esenciales para una formación, pero también para el correcto funcionamiento de las instituciones, son decididas en la cúspide de los partidos y en ocasiones ratificadas en consulta directa a las bases. Los órganos colegiados no cuentan ni, en realidad, podrían hacerlo, puesto que son fruto del diseño de los máximos dirigentes.

No es un mal que aqueje únicamente a los nuevos partidos; si acaso, estos no disponen de unos aparatos ni de un poder territorial que, como los de las formaciones más consolidadas, limiten la voluntad del líder. Pero no es tampoco un mal al que parezca estar escapando la más reciente de las formaciones, Más País, donde la ausencia de estructuras y la urgencia por concurrir a las próximas elecciones están concentrando la totalidad del poder en la figura de su principal promotor. Las crisis a las que este partido se ha visto enfrentado en sus breves semanas de existencia, y la manera de resolverlas, no son un buen augurio.

La democracia interna que la Constitución exige a los partidos políticos no resolverá por sí sola el actual bloqueo político. Pero es seguro que sin democracia interna será aún más difícil resolverlo, porque las obcecadas ambiciones personales de los líderes se seguirán confundiendo con imperativos políticos inexorables. Si a ello se suma la cada vez más impúdica identificación entre el discurso político y la simple propaganda electoralista, en la que los grandes partidos llevan ventaja sobre los nuevos, las posibilidades de que el bloqueo se enquiste se multiplican. Para evitarlo, la única salida que los partidos han dejado a los ciudadanos es votar masivamente en una segunda convocatoria electoral que no hubiera sido necesaria. En contrapartida, la responsabilidad de los partidos, de todos los partidos, consiste, simplemente, en no cegarla de nuevo.

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