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Opinión - 09.04.2020

Sin condiciones

El paquete reactivador, que aún encalla a la UE, debe rechazar toda austeridad

La interrupción del Eurogrupo, tras una abrupta noche de tensiones, es una mala noticia. Evidencia los obstáculos gubernamentales a los que se enfrenta la Unión Europea. Incluso cuando se trata, como ahora, de diseñar un ambicioso conjunto de medidas para afrontar una terrible crisis económica. Sin embargo, resulta positivo que las diferencias se ventilen con claridad, sin recurrir al socorrido truco de un lenguaje diplomático vacío que enmascare la disensión. El paquete de medidas es prometedor: medio billón de euros repartidos entre apoyos a los Gobiernos del Mecanismo de Estabilidad (240.000 millones), créditos a empresas del Banco Europeo de Inversiones (200.000) y Fondo de Reaseguro del desempleo para los trabajadores (100.000) no es algo de menor cuantía para atender urgencias.

Sobre todo si al fin se acompaña de la voluntad expresa de ultimar un fondo para la reactivación, lo que algunos, de la OCDE a España, bautizaron como nuevo Plan Marshall, y que debería financiarse con eurobonos, coronabonos o cualquier otro instrumento válido de endeudamiento mancomunado: valiente en su alcance y prudente en su arquitectura para facilitar su aceptación.

Y además, este paquete está cogiendo tracción, al ampliar su consenso inicial, a lo que empuja también, desigualmente, el eje París-Berlín. Para convencer al país más atribulado, perjudicado por la inicial indiferencia europea a su trágica afectación por el virus y políticamente más vulnerable, Italia, se necesita extrema claridad sobre un elemento clave: los apoyos, ayudas, avales y reaseguros de este concreto paquete deben despacharse sin condiciones. Esto no es un rescate individual como en la Gran Recesión. No ha lugar a requisitos de reformas estructurales ni de recortes presupuestarios, menos aún de un desmoche del Estado del bienestar, que sarcásticamente mellaría… los sistemas sanitarios de los 27.

La crisis es simétrica, pues afecta a todos los socios, se verá si con intensidades asimétricas. Pero si nadie duda de ello, es obvio que los más indemnes de hoy pueden ser los más dañados mañana. Por supuesto, en lo sanitario. Y en lo económico: si países compradores quebrasen arrastrarían a los vendedores, y así, todo en cadena.

Por ello, condicionar los apoyos es estúpido. Algún contribuyente neto como Holanda se empecina en exigir rigor fiscal —austeridad— a los demás, pretendiendo que a los sureños les traen al pairo deudas o déficits abultados. Además de una tontería es una falsedad. Todos los países de la eurozona cumplen el techo del déficit del 3% del PIB del Pacto de Estabilidad (salvo, transitoriamente, Chipre), y el total exhibe una línea declinante en deuda.

Al contrario, quien viola sañudamente la normativa europea de un máximo del 6% de superávit por cuenta corriente es Holanda (10,8%): sus exportaciones al Sur y su involucración en la inmoral evasión fiscal de grandes multinacionales —entre otros factores— lo alimentan. Al coste de inhibir el crecimiento de los vecinos, pues atesora mucho más de lo que invierte. Quien denuncia pajas en el ojo ajeno, que oculte mejor las vigas del propio.

Y si se escuda en el euroescepticismo de su Parlamento, mejor reflexione qué le reportaría la fractura y quiebra de la UE: a su tránsito portuario, a su industria tecnológica, a su banca electrónica, a su legión de servicios dedicados al lucrativo e insolidario negocio de intermediación de los paraísos fiscales. Lecciones éticas, las justas.

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