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Opinión - 17.06.2019

Razones para hablar de Violencia de Género

Las mujeres sufren violencia por el hecho de ser mujeres, porque la sociedad es machista y patriarcal; 1.000 hombres mataron a 1.000 mujeres porque creyeron que podían hacerlo

Estos días nos estamos haciendo eco de que se ha alcanzado la cifra de 1.000 mujeres asesinadas por violencia machista. Sin embargo, hace meses que el número de víctimas mortales por violencia de género superó la redonda cifra de 1.000, ya que nuestra legislación, desde 2015, también reconoce como víctimas de esta violencia a los menores, y, según la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, el número total de menores víctimas mortales de violencia de género desde 2013 hasta la fecha ha sido de 28. Lo más terrible de esta estadística es que sabemos que no es una foto fija y que es muy posible que entre que se escribe este artículo y se publica, el número se incremente porque los asesinatos de mujeres por ser mujeres y de sus hijos e hijas, con la única finalidad de hacerles daño a ellas, se van a seguir perpetrando.

En 2004 se aprobó la Ley de Medidas Integrales contra la Violencia de Género, y 15 años después, con el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, se están acordando modificaciones para que mejore la intervención de las instituciones públicas, garantes de la seguridad, protección y atención a las mujeres maltratadas. Un claro ámbito de mejora es la no exigencia de la denuncia para poder atender a estas mujeres. Sin embargo, a pesar de que se ha avanzado considerablemente desde la aprobación de la ley y de que hemos aprendido en el camino, no solo con respecto a la exigencia de la denuncia, también con relación a la prevención para evitar la revictimización de las mujeres maltratadas, con relación a la coordinación interinstitucional, también respecto a la protección y atención a menores y a la reconsideración del papel que debe desempeñar el padre maltratador o a la introducción de medidas cautelares que pongan el foco en el maltratador y no tanto en la víctima, a pesar de todos estos avances, asistimos actualmente a un intento de resignificación de la violencia de género o machista que no es baladí, tampoco ingenua ni, mucho menos, simbólica.

Uno de los principales logros alcanzados en nuestra sociedad con respecto a la violencia ejercida sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres ha sido desplazar el maltrato psicológico, social, económico, físico y sexual sufrido por las mujeres del ámbito privado y familiar al ámbito público, y que este sea visto e interpretado como un problema social. Ahora bien, eso no quiere decir que se haya conseguido asimilar de forma generalizada y mayoritaria dicha percepción y atribución pública. El CIS nos lo recuerda todos los meses en su encuesta sobre las principales preocupaciones de la ciudadanía. La violencia contra las mujeres ha tenido dos picos en los últimos 20 años: el primero fue durante la tramitación y aprobación de la ley de violencia de género, en marzo de 2004 la preocupación llegó a alcanzar un 11,7%; el segundo lo estamos viviendo desde comienzos de 2019, desde enero la preocupación ha alcanzado valores cercanos al 7%. Este repunte vendría de la mano de las movilizaciones del 8-M, pero, sobre todo, como consecuencia del caso de La Manada y del movimiento #MeToo. Ahora bien, son porcentajes que están lejos de las principales preocupaciones sociales, encabezadas por el paro, con un 64,6% en mayo de 2019.

Con ello quiero decir que la base social que soporta todo el engranaje institucional y legal en torno a la violencia ejercida sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres, si bien cuenta con una clara fundamentación jurídica y académica, puede sufrir vaivenes en la legitimación social si se insiste en cuestionar su fundamentación desde el discurso político y público. Por esa razón, la cesión que PP y Ciudadanos han hecho a Vox para la aprobación de los presupuestos en Andalucía no es solo simbólica, ya que va a tener consecuencias en la respuesta institucional a la violencia machista, y porque, sobre todo, viene a quebrar uno de los principales logros alcanzados en esta materia: la consideración de problema social de la violencia machista. Yerran las derechas democráticas al legitimar el discurso ideológico de Vox en este tema, puesto que le otorgan carta de validez; la cuestión es saber si dicha cesión es tal, o tan solo viene a refrendar una opinión que ya tenían y que hasta ahora no se atrevían a manifestar en alta voz. Debemos evitar, en términos de Pippa Norris, que se amplíe la “zona de aquiescencia” de la ultraderecha y que se normalicen ideas y debates superados.

Si nos alerta estar hablando de 1.000 mujeres y 28 menores asesinados, si nos duele reconocer que en nuestra sociedad al menos 1.000 hombres han asesinado a mujeres con las que tenían o habían tenido una relación, debemos ser capaces de alzar la voz ante cuestionamientos infundados de las razones estructurales de estos asesinatos; 1.000 hombres mataron a 1.000 mujeres porque creyeron que podían hacerlo, y si cientos de miles están maltratando, humillando, insultando y aislando a cientos de miles de mujeres es porque creen que pueden hacerlo, porque no reconocen en esas mujeres a seres autónomos, libres, independientes y capaces de tomar sus propias decisiones, porque prevalecen relaciones machistas desiguales que cosifican a las mujeres, las deshumanizan y les niegan sus derechos.

La intervención contra la violencia machista debe pensarse, al menos, en dos tiempos; en el corto plazo y en el medio-largo plazo. En el corto plazo debemos priorizar la protección y atención a las mujeres que hoy están sufriendo maltrato, pero en el medio-largo plazo debemos trabajar para promover sociedades igualitarias en las que se deconstruyan los roles tradicionales de género, sociedades donde sea posible desnaturalizar la posición de la mujer en el ámbito privado y construir nuevas formas de ser mujeres y hombres con iguales atribuciones de valor.

Son muchos los “¿por qué?” que todavía no estamos formulando, porque son muchas las situaciones que nos parecen normales por estar normalizadas, pero debemos preguntarnos por qué existe una desigualdad universal entre mujeres y hombres, preguntarnos por qué los cuerpos de las mujeres están sexualizados, por qué se cosifica a las mujeres, por qué existe la brecha salarial, por qué se da la segregación educativa, por qué la conciliación, la pobreza o la vulnerabilidad son femeninas —tal y como nos indica el recién presentado VIII Informe FOESSA—, en suma, por qué estamos lamentando la muerte de 1.000 mujeres por violencia machista. Para acertar en la respuesta debemos realizar un buen diagnóstico: las mujeres sufren violencia por el hecho de ser mujeres, porque la sociedad es machista y patriarcal. Hasta que no removamos estos fundamentos será muy difícil dejar las estadísticas sobre violencia de género en una foto fija.

María Silvestre Cabrera es directora del Deustobarómetro. Universidad de Deusto.

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