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Opinión - 07.12.2019

Las ideas incómodas

Los ciudadanos son cada vez más intolerantes: no permiten que se cuestionen sus convicciones

Ignorar los conceptos, las ideas u opiniones incómodas de los otros forma ya parte de la normalidad del ciudadano del siglo XXI. Los políticos, cuyo desempeño los obligaba, hasta hace muy poco, a lidiar con los puntos de vista adversos, se aíslan hoy con gran soltura de todas aquellas opiniones que les desagradan. Ahí tenemos a Trump, y a Bolsonaro, cancelando la suscripción de los periódicos que son críticos con sus Gobiernos; a Vox vetando a periodistas que les incomodan; y al presidente mexicano López Obrador fustigando a los medios de comunicación que no comulgan con su forma de gobernar.

Más allá de la clase política, este afán de protegerse de las ideas y opiniones que no coinciden con las propias crece entre la ciudadanía, y en Estados Unidos, donde ya se cocina lo que vendrá, ha cuajado en una interesante palabra: deplatforming. Este término define el activismo, individual o en grupo, que se dedica a neutralizar discursos controvertidos, políticamente incorrectos o directamente ofensivos, y a los individuos que los pronuncian o escriben, cancelando sus charlas, sus ponencias y sus publicaciones, por el método de dejarlos sin la plataforma donde normalmente se expresaban. De ahí, de la plataforma que les quitan, viene la etimología de la palabra.

Este esfuerzo que hacen los individuos para protegerse de las ideas violentas, controvertidas o simplemente diferentes, tiene en el mundo universitario estadounidense una gran fuerza; según datos del Pew Research Center, el 40% de los jóvenes en Estados Unidos cree que el Gobierno debería regular la libertad de expresión cuando lo que se dice es, de acuerdo con sus parámetros, ofensivo; y está de acuerdo en que la autoridad debería intervenir antes de que el discurso ocurra.

El ciudadano del siglo XXI empieza a convertirse en un intolerante que no permite que se cuestione su batería de convicciones y creencias, ni soporta los discursos que le parecen ofensivos; prefiere vivir aislado en su confortable burbuja, sin que nadie lo contradiga ni le haga ver que la vida es, precisamente, la suma e incluso la contraposición de diversas ópticas.

Esta burbuja tiene su representación, o quizá ahí es donde se origina, en las redes sociales, donde el individuo ha conformado una antología de la realidad orientada exclusivamente según sus intereses y sus gustos personales. La realidad que ve un usuario desde su cuenta de Twitter no es, propiamente, la realidad, sino una realidad sesgada, construida a partir de las personas, afines, que sigue, y de los medios de comunicación y plataformas digitales, también afines, que lo bombardean todo el tiempo con las noticias y las ideas de las que quiere enterarse; las que no se ajustan a este marco siguen existiendo, y circulando, pero no dentro de su antología, sino como una realidad paralela.

El panorama es, más o menos, el de toda la vida; las personas tienden a relacionarse de acuerdo con sus afinidades, con la diferencia de que hoy esto sucede en una dosis mucho mayor, y de manera ininterrumpida: esa antología del mundo que hemos creado en la red social, esa realidad acomodaticia, es lo primero que consultamos al levantarnos y lo último que vemos antes de irnos a la cama.

La voluntad de extirpar de nuestra vida el discurso negativo no solo nos vuelve intolerantes, también nos deja sin anticuerpos para soportar y, en su caso, rebatir las ideas que nos parecen adversas. En este punto existe un curioso, e ilustrativo, paralelismo, con el efecto que, a lo largo de los años, han producido los antibióticos en el mundo industrializado: la erradicación de los elementos negativos ha sido tan efectiva que ha exterminado también las bacterias beneficiosas que sirven, por ejemplo, para sostener nuestro sistema inmunológico, o para ayudar al proceso de la digestión de los alimentos.

Un grupo de científicos, de varias universidades de Estados Unidos, busca contener esta excesiva purificación del cuerpo que han conseguido los antibióticos, después de décadas de administrarse masivamente a la población, con un proyecto que consiste en crear una red de bancos de bacterias buenas, de almacenes con ciertas condiciones de temperatura y humedad, para que las personas con el organismo excesivamente blanqueado por los antibióticos puedan administrarse los elementos que son el contrapeso imprescindible para la salud del cuerpo.

El asunto de los antibióticos se parece aquí al de la fobia al discurso adverso: la pureza no solo no es deseable, además es dañina para el cuerpo; sin la parte mala, solo con la buena, no podríamos sobrevivir: lo bueno solo termina siendo malo.

La democracia, el progreso e incluso la evolución de nuestra especie están basados en ese forcejeo entre las ideas y los conceptos que suscribimos y los que nos son adversos; es precisamente ese forcejeo el que produce los anticuerpos que impiden que ciertos discursos nos hagan daño. Quien evita las ideas y las opiniones adversas pierde la oportunidad de ejercitar la comprensión, la empatía, el sentido crítico, la inteligencia.

Jordi Soler es escritor. Su último libro publicado es Mapa secreto del bosque (Debate).

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