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Opinión - 09.01.2019

La soledad de la mujer

Los usos sociales convierten a las mujeres en simple, y a veces trágico instrumento, de la dominación masculina

«Las mujeres estamos siempre solas», le dice la señora a la sirvienta en la espléndida Roma, historia de dos destinos desgraciados de mujeres en el México del falso progresista Luis Echeverría, justo cuando este ahoga en sangre las protestas estudiantiles con la jornada del Corpus de 1971. Soledad de la mujer no significa en este caso aislamiento en la sociedad, sino una total impotencia para escapar a la tiranía de unos usos sociales que las convierten en simple, y a veces trágico instrumento, de la dominación masculina.

Aunque ello parezca imposible, la constatación sigue siendo válida en la España que respondió conmovida al crimen contra la mujer que fue el asalto de La Manada. Pronto surgieron, sin embargo, objeciones frente a una condena diáfana, algunas de intelectuales en camino hacia la derecha, otras más graves del estamento judicial, y estas últimas se tradujeron en la sentencia y en la ulterior concesión de libertad provisional.

Si a esto acompañamos la estupenda propaganda que proporcionó a los agresores el simple hecho de recrearse los medios en el relato, tenemos ya la explicación de cuanto sucede desde entonces. Si de momento resulta tan barata, y a la larga cabe suponer que lo será, una violación colectiva, ¿por qué no imitar un ejemplo tan saludable para el ego machista, de ser posible añadiendo la filmación legitimadora? La veda está abierta y la actuación judicial inconscientemente ha contribuido al éxito del efecto-imitación.

En ese marco deben ser incluidas otras agresiones sexuales, registradas por los medios, y también la cosificación de la mujer-víctima, observable en el caso de Laura Luelmo. Al fracaso inicial de la Guardia Civil, siguió un relato continuado de la investigación, con suposiciones que rozaron la crónica morbosa. Y el tipo, tan chulo.

En el descenso a los infiernos, Vox ha dado el paso decisivo, revelando al tiempo la agenda oculta de un PP que de mala gana secundaba la protección de la mujer. Obviamente, no existe problema alguno para aplicar mayor protección a la esfera intrafamiliar (hijos, padres, abuelos), pero sin sepultar la preeminencia de la violencia de género. Y puestos a competir por la irracionalidad, ahí viene la “popular” Díaz-Ayuso entrando en guerra contra la “dictadura feminista”. El péndulo ha cubierto su recorrido en un mínimo tiempo.

Si falta algo en la acción feminista, no es el exceso, sino el olvido de otras formas de opresión de la mujer. El caso de la saudí Rafah Qunun muestra la importancia de las campañas de solidaridad para salvar a una mujer. Ahí no hemos visto a nuestras feministas.

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