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Opinión - 09.01.2020

Genealogía de un crimen

La identificación de Joseph Loveless es por el momento el récord mundial de la genealogía genética

Por qué resolver un crimen de 1916? Un historiador no tendría dudas, pues conocer el pasado nos hace más sabios, nos ayuda a entender el presente y nos prepara ante lo imprevisible. Un policía, sin embargo, aduciría que resolver un caso de hace 104 años resulta caro y fatigoso, y optaría por dedicar sus recursos siempre escasos a unos fines más urgentes. Tampoco una jueza se mostraría encantada de malgastar su tiempo y su energía en un asesinato remoto, olvidado y fosilizado. Esta es, de hecho, la posición de la derecha sobre los crímenes del franquismo. ¿Para qué aclararlos? Un defensor de la memoria histórica les responderá: por sentido de la justicia. Pero estos son casos de una especial significación política e histórica. Veamos primero qué ocurre con los crímenes del común, esas orgías de sangre y odio que ni siquiera pueden aportar una excusa política para su ejecución.

¿Han oído hablar de Joseph Loveless? Hace un siglo nadie hablaba de otra cosa en Idaho, según aprendo en un artículo de Heather Murphy para The New York Times. Loveless (vaya nombre) era un contrabandista encarcelado, y en la primavera de 1916 logró escaparse mediante el manido truco de esconder una sierra en el zapato y cortar los barrotes de la ventana. Parece mentira que la artimaña funcionara todavía en esa fecha, pero el caso es que, pocos meses después, Loveless asesinó a su pareja de un hachazo en la cabeza. Fue encarcelado de nuevo, pero solo dos semanas después se volvió a escapar con el truco de la sierra en el zapato. Los funcionarios de prisiones de Idaho debían ser lentos de entendederas en la época. Loveless desapareció sin dejar rastro.

Hasta 1979, cuando una familia campestre encontró un torso descabezado en unas cuevas volcánicas del este de Idaho; o tal vez hasta 1991, cuando una niña de 11 años encontró una mano en las mismas cuevas y permitió a la policía hallar dos piernas y un brazo en un saco de arpillera. No ha sido hasta ahora que el sheriff del condado de Clark, Idaho, junto a dos empresas de genealogía genética, han identificado los restos como pertenecientes a Loveless. Les ha bastado localizar a un nieto y comparar su ADN. Todo cuadra, aunque también abre un nuevo caso: ¿quién mató y descuartizó al asesino? La familia de su pareja, dan ganas de pensar enseguida, pero demostrarlo no va a resultar nada fácil. ¿Merece la pena?

La identificación de Joseph Loveless es por el momento el récord mundial de la genealogía genética, una técnica forense que combina la lectura de ADN con la información sobre las relaciones genealógicas que mucha gente cuelga en la Red con la vaga esperanza de encontrar familiares, o tal vez pistas sobre sus orígenes. Algunas de estas webs genealógicas incluyen muestras de secuencia de ADN de los interesados, y ya ha habido casos en que han servido para capturar a un violador y asesino reciente.

En el caso de Idaho, el asesino, su víctima, sus verdugos y todos los que vivieron aquellos hechos están muertos desde hace mucho tiempo. Y, con todo, el misterio ha podido aclararse con las nuevas herramientas inventadas un siglo después. Los crímenes del pasado se pueden resolver. Es cuestión de querer hacerlo.

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