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Opinión - 28.11.2018

Fútbol país

La idea de que en el nombre del fútbol puede hacerse cualquier cosa tiene, aquí, carácter de convicción: de derecho

Hinchas de River apedrearon el bus en que el equipo de Boca llegaba al estadio para jugar la final de la Copa Libertadores. Los jugadores resultaron heridos. La final se suspendió. Ni siquiera fueron los primeros incidentes del año, pero la indignación se puso en marcha señalando la connivencia entre barras bravas y policía, entre fútbol y política. Es una indignación hipócrita. La idea de que en el nombre del fútbol puede hacerse cualquier cosa tiene, aquí, carácter de convicción: de derecho. En lo visible —esa final— y en lo que no se ve: hace meses, una ley votada gentilmente por oficialistas y opositores cedió a un club de la B, Atlanta, un predio que pertenece al Gobierno de la ciudad ubicado en Villa Crespo, barrio tranquilo en el corazón de Buenos Aires. El club obtuvo derechos de explotación por 40 años y, a su vez, lo alquiló a dos privados que construyen allí el estadio cubierto más grande de Latinoamérica, para 16.000 personas, destinado a espectáculos musicales y otros. Los vecinos ven llegar lo inevitable: la gentrificación, el caos, el fin de la vida que conocen. El jefe de Gobierno dice que no es problema suyo sino “asunto entre privados”. El vicepresidente del club dice que: “Las cosas son así: cada uno defiende lo suyo”. Los vecinos, arrojados a la intemperie por sus gobernantes, pelean con armas inocuas: hicieron una petición en Change.org para que, al menos, el estadio se destine solo a cuestiones deportivas. En un país donde las indignaciones no fueran bisutería barata esa petición se haría viral. En el país que se indigna aparatosamente por el fútbol que supo conseguir, pero sigue orgulloso de que esa “pasión” todo lo justifique —aun la muerte y el avasallamiento—, no lo es y no lo será nunca.

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