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Opinión - 4 semanas ago

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Cada vez más expertos alertan de que el reconocimiento facial es una carrera a la que Gobiernos y empresas se han lanzado demasiado rápido y prácticamente a ciegas

Las cámaras ya no solo vigilan: identifican. Mediante la tecnología de reconocimiento facial se puede determinar automáticamente la identidad de alguien en una foto a partir de características de su rostro, pero también seguir sus movimientos o atribuirle un estado de ánimo. Se usa en medio mundo para desbloquear teléfonos, pagar en tiendas, en controles de aeropuertos, cajeros y conciertos. No supone riesgos físicos, pero su uso desbocado puede terminar con el género humano como lo conocemos. Cada vez más voces alertan de que Gobiernos y empresas se han lanzado a esta carrera demasiado rápido y prácticamente a ciegas.

El regulador francés de la privacidad en Internet, la CNIL, propone una distinción esencial: determinar qué reconocimiento facial es necesario y cuál no, para que no se nos vaya de las manos el modelo de sociedad que queremos. Bruselas está a punto de dar el primer paso prohibiendo temporalmente el uso del reconocimiento facial en lugares públicos de la Unión Europea. Durante esa moratoria, de entre tres y cinco años, se tendrán que calibrar las ventajas, los riesgos y los intereses europeos (aunque en la práctica prevalecen los nacionales).

Al consejero delegado de Alphabet, matriz de Google, no le ha escandalizado la propuesta. Le parece urgente un marco legal y pide que sea “proporcionado”. Su colega de Microsoft no lo ve tan claro. En Estados Unidos conviven visiones radicalmente distintas de lo que debe ser la tecnología: Donald Trump llama a la Unión Europea “asesina de innovación”. Pero mientras la Casa Blanca acaba de aprobar una regulación sobre el reconocimiento facial mucho más laxa que la europea, San Francisco ha prohibido su uso. Otras ciudades de California y Massachusetts están pensando hacer lo mismo.

El ejemplo de la barra libre de vigilancia es China. Las empresas tecnológicas, apoyadas por Pekín, apenas se encuentran con obstáculos legales. Cualquier usuario de un móvil nuevo tiene que registrar sus parámetros biométricos. Esa información se lleva a un servidor central, y se combina con otros datos de su navegación, con millones de cámaras de la calle… Imposible mantener el anonimato. En la provincia de Xinjiang esta tecnología se está usando para identificar, retener y controlar a más de un millón de musulmanes uigures en campos de reeducación.

Lo que se cuenta poco es que, al igual que en Europa y EE UU, en el país asiático sí se cuestiona la deriva del reconocimiento facial. Muchos científicos y académicos están inquietos y lo expresan públicamente. Pese a la censura, los ciudadanos se quejan cada vez más de la invasión de su intimidad. En 2018, al CEO de Baidu, el mayor buscador chino, se le ocurrió decir que sus compatriotas estaban dispuestos a ceder sus datos a cambio de más comodidad. Miles de internautas le recordaron que, en gran parte por su culpa, no tenían otra opción. @anafuentesf

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