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Opinión - 2 semanas ago

Estado de alerta

Con las redes sociales es más fácil movilizar y conectar a los tuyos

Toda tarea, y mucho más las que procuran transformar un país, necesita de un margen de tiempo para poder desarrollarse. Hace falta pensar cada proyecto, planificarlo, calcular sus costes y encontrar la manera de dotarlo de fondos, discutirlo, ponerlo en pie, y revisarlo después, valorar si cumplió sus cometidos, modificarlo si hace falta. Por eso, los países democráticos establecen un plazo —mayor o menor— entre cada cita electoral para que el partido que se impuso en las urnas pueda poner en marcha su programa. Ese margen de confianza que, inevitablemente, los ciudadanos deben otorgar a la fuerza ganadora no significa necesariamente que le den un cheque en blanco. La democracia tiene instituciones que están pendientes de vigilar cualquier tropiezo; para eso está el equilibrio de poderes, para frenar los excesos del Ejecutivo. Y existe también, claro, el llamado cuarto poder. La tarea de los periodistas es justo esa: informar, contar cómo se están haciendo las cosas, explicar lo que pasa, colocar los asuntos importantes en el espacio público para que se conozcan, se discutan, se critiquen. Y, evidentemente, para que puedan modificarse.

Es esta manera de hacer las cosas la que hoy está siendo severamente cuestionada. La devastadora crisis que se inició en 2018 y el impulso globalizador, que un poco antes contribuyó a modificar las dinámicas económicas entre los distintos países, han sacudido las reglas de juego y por doquier se ha terminado imponiendo una sospecha, la de que los políticos (y también los periodistas) no sirven para nada. No solo es que sean unos inútiles e incompetentes (y no representen a nadie), es que además son corruptos y se pliegan a las consignas de unas élites poderosas que se están poniendo las botas. Ante ese panorama desolador, toca darle la voz al pueblo. Pero no para que elija a sus gobernantes en unas elecciones, sino más bien para que esté pronunciándose todo el rato e intervenga sin cesar.

La consigna es estar alerta. Su consecuencia inmediata, la politización permanente de la vida cotidiana. Hoy ya no queda casi tiempo para trivialidades, lo que importa es estar conectado, listo para formar filas, con el dedo en el gatillo. Este entusiasmo por estar en el frente era el que reclamaban los partidos fascistas en los años treinta. El pueblo tenía que movilizarse contra esos políticos debiluchos que se extenuaban discutiendo en los Parlamentos. La vida está en la calle y transformar el mundo está en tus manos, proponían. De lo que se trataba al cabo era de servir a una causa redentora con un líder poderoso al frente. Al que se apuntaba se le garantizaba ese sentimiento de pertenencia que tanto refuerza la autoestima.

Las cosas han cambiado, pero algunas teclas que se pulsan estos días son las que se pulsaban entonces. En la imponente biografía que el historiador Ian Kershaw dedicó a Hitler explica que en las épocas en las que se batía por conseguir el poder encontró una llave maestra, la de “hablar en un lenguaje que cada vez entendían más alemanes, el lenguaje de las implacables protestas contra un sistema desacreditado, el lenguaje del resurgimiento y el renacimiento nacional”. En esas andan muchos de los actuales jefes de la ultraderecha. Tienen una indudable ventaja. En aquellas épocas remotas costaba lo suyo sacar al pueblo a la calle una y otra vez para debilitar la democracia. Hoy resulta mucho más fácil seducir a los descontentos en las redes sociales e invitarlos a apretar el gatillo del móvil. Esas balas no matan a nadie, pero están destruyendo los viejos partidos democristianos, liberales y socialdemócratas, y ganan elecciones.

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