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Opinión - 07.06.2019

Entre paréntesis

Maragall busca romper a los comunes y marginar a Junts per Catalunya

El candidato independentista al Ayuntamiento de Barcelona, Ernest Maragall, ha anunciado un paréntesis en la negociación con la líder de los comunes, Ada Colau, hasta que esta opte por un pacto con ERC o con los socialistas, completado con los votos de Manuel Valls. El repliegue táctico de Maragall era inevitable, en la medida en que, tras ofrecer a Colau excluir a Junts per Catalunya del eventual acuerdo municipal como esta le exigía, el republicano se arriesgaba ante el electorado independentista a borrar la diferencia entre proponer pactos y mendigar apoyos. El obsequioso acercamiento de Maragall a los comunes no ha sido resultado, con todo, de un repentino deseo de transversalidad del secesionismo, hasta ahora solo preocupado por ocupar espacios institucionales para fingir que habla democráticamente en nombre de Cataluña cuando, en realidad, lo hace sectariamente en el de sus partidarios.

Si Maragall no ha dudado en sacrificar a su aliado independentista en el intento hasta ahora infructuoso de alcanzar un acuerdo con Colau es porque ha imaginado que la alcaldesa en funciones no podrá oponerse al empuje de sus bases, atrapadas en la estrategia cruzada que persigue ERC en Barcelona: apoderarse del espacio político de los comunes y, al tiempo, apuntalar su primacía en el campo de la secesión. Las deslealtades que practiquen entre sí las fuerzas independentistas solo debería importar al resto como advertencia: si este es el trato que se dispensan recíprocamente ERC y Junts per Catalunya, poco cabe esperar de los pactos y los compromisos que puedan alcanzar con quienes no secundan su programa político.

Los militantes de los comunes están divididos entre los partidarios de la independencia y quienes defienden un proyecto municipal progresista para Barcelona. Maragall está al tanto de esta división y ha mostrado su calculada disposición a contentar a los últimos con el fin de atraerse a los primeros, avanzando así en el objetivo de ampliar el apoyo social al independentismo. Los líderes de los comunes y sus bases se encuentran de este modo ante la tesitura de resignarse a ser sujetos pasivos de los intereses de ERC o, por el contrario, defender en Barcelona el espacio político que representan, y que ha sufrido un grave retroceso electoral. Es probable, además, que los votantes de Colau estén tan divididos en torno a la secesión como lo están las bases de su partido. Pero, sea cual sea el lado de la cuestión territorial en el que se sitúen, unos y otros tendrán dificultades para entender que la fuerza con la que están comprometidos renuncie a defender que su candidata ocupe la alcaldía estando en condiciones de hacerlo, cediéndosela graciosamente a ERC y dinamitando de paso la unidad interna.

Cuestionar el apoyo incondicionado de Valls a Colau por el simple hecho de haber concurrido electoralmente con Ciudadanos invierte los términos del problema. Es Valls quien ha hecho en Barcelona lo que exigen las convicciones democráticas frente al oscurantismo de los partidos ultranacionalistas catalanes, no Ciudadanos echando comunidades y Ayuntamientos en manos del oscurantismo simétrico de Vox. Gracias a Valls, Barcelona podría tal vez tener opciones de ser de nuevo la ciudad abierta que fue; las mismas opciones que Ciudadanos ha querido negarle desautorizando a su cabeza de lista, y de las que ahora se dispone también a privar a otras capitales.

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