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Opinión - 06.12.2019

El Gran Desastre

En la tercera década del siglo XXI, la emergencia climática vertebró la agenda política global

Extracto de Breve historia del siglo XXI, varios autores, Ediciones Segundo Milenio: “Durante la década del 2010, tras la crisis financiera del 2008 y los estragos que causó en el tejido social de muchos países, algunas de las instituciones y los consensos sociales alcanzados en las décadas precedentes a nivel global sufrieron rupturas. Después de décadas de hegemonía occidental liderada por Estados Unidos, con la elección de Donald Trump como presidente de ese país en 2016, Washington inició una deriva aislacionista, cediendo tácitamente la iniciativa geopolítica a Asia y Rusia. En Europa, el Reino Unido descosió el mapa europeo con su salida de la Unión Europea. A su vez, algunas regiones subnacionales como Cataluña, Escocia y Córcega se embarcaron en procesos de separación de sus respectivos Estados, síntoma de la fragilización del continente.

Una parte de la ciudadanía, crecientemente desconfiada de las instituciones políticas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial por no haber sabido paliar las consecuencias de la Gran Recesión que siguió a la crisis de 2008, comenzó a votar a opciones reaccionarias que priorizaban la pertenencia a una nación o grupo étnico y renegaban del universalismo y los avances realizados en materia de igualdad, sobre todo, aquella entre mujeres y hombres. Al mismo tiempo, un número cada vez mayor de ciudadanos en todo el mundo, tanto en los países desarrollados como los menos desarrollados, empezaba a preocuparse por las consecuencias inmediatas y en el medio plazo del cambio climático.

La joven Greta Thunberg, junto con cientos de miles de jóvenes y activistas en todo el planeta, logró visibilizar esta preocupación con asombrosa rapidez a finales de la década. Sin embargo, los compromisos internacionales y las medidas concretas para mitigar los efectos de este colosal cambio en el funcionamiento del ecosistema se hicieron esperar. La mayoría de actores políticos y económicos se mostraba lenta, incluso reacia, a aceptar una variación en las prioridades de las políticas públicas y el desarrollo económico a pesar de unos pronósticos científicos cada vez más inquietantes para la supervivencia de numerosas especies, incluida la humana. Influido por el auge de fuerzas reaccionarias, el debate político en la mayoría de países continuaba girando en torno a cuestiones tradicionalmente ligadas al Estado nación como el crecimiento económico, el control de las fronteras y la cohesión de culturas y territorios. No fue hasta finales de la tercera década de 2000, tras las considerables destrucciones materiales y pérdidas humanas en países hasta ese momento ajenos a los desastres naturales de gran envergadura, cuando, finalmente, el conjunto de la clase política y económica concentró su acción en la emergencia climática.

Para entonces, países europeos meridionales como España y Grecia, pero también Francia, habían visto mermada su producción agrícola merced a la sequía, puntuada por lluvias torrenciales y tormentas de granizo que erosionaban el suelo fértil. Los fuertes calores estivales redujeron progresivamente el turismo en la cuenca mediterránea, impulsando a los habitantes con más recursos a buscar refugio del calor en el norte de Europa durante los meses de verano. Una secuencia de huracanes en el otoño de 2027 causó, asimismo, una destrucción insólita en el viejo continente. Desde finales de la década de los 2010, las tormentas tropicales comenzaron a desviarse hacia Europa trayendo episodios huracanados a sus costas, pero las medidas y protocolos de prevención que tomaron las administraciones ante este nuevo fenómeno no fueron suficientes para hacer frente al impacto consecutivo de Walter, Xerxes, Yves y Zaida.

En el espacio de tres semanas, el litoral atlántico europeo se vio arrasado por vientos cercanos a los 400 km/h y violentas olas generadas por meteotsunamis. Ciudades como Lisboa, Bilbao, Burdeos, Brujas o Róterdam fueron parcialmente devastadas y algunas poblaciones costeras quedaron en tan mal estado que fueron abandonadas por los supervivientes, temerosos de nuevas catástrofes. Las imágenes del paso de los cuatro huracanes evocaron escenas de ruina no vistas en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Su impacto psicológico y simbólico fue mayor, si cabe, al que tuvieron las imágenes del colapso de las Torres Gemelas en Nueva York a principios del siglo XXI. Si éstas propiciaron un cambio de paradigma geopolítico, situando la amenaza yihadista en el centro del debate y la acción política internacional, el Gran Desastre del 27 —como fue conocido en su momento— convirtió la emergencia climática en el elemento vertebrador de una nueva agenda global. Algunas de las medidas de lucha contra el cambio climático que los expertos consideraban indispensables se tomaron como consecuencia de esta catástrofe”.

Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics. oliviamunozrojasblog.com

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