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Opinión - 1 semana ago

Cambio climático y seguridad internacional

El calentamiento global es imposible de afrontar solo a nivel nacional, exige una respuesta que pasa por la colaboración de todos los países

El calentamiento del planeta, la disminución de las precipitaciones y los fenómenos meteorológicos extremos generan pobreza, provocan conflictos y ponen en peligro la supervivencia de países y poblaciones. El impacto del cambio climático es, por muchos motivos, un riesgo real que amenaza la seguridad internacional y de las personas.

El control del agua y la inseguridad alimentaria son dos desencadenantes de conflictos estrechamente ligados al cambio climático. La disminución del suelo cultivable, las inundaciones y las sequías prolongadas reducen las cosechas, aumentan el precio de los alimentos y limitan la disponibilidad de agua. En los países menos desarrollados, y aun en algunas economías sólidas, se producirán pérdidas económicas significativas, disputas por el acceso a los recursos y descontento social, lo que agudizará los conflictos existentes y ocasionará otros latentes. Una de las zonas de riesgo es Oriente Medio, donde su particular clima y la presión demográfica han hecho del agua un bien especialmente valioso, origen de conflictos y ocupaciones territoriales. Es fácil imaginar las tensiones que se vivirán en la región si el agua y los alimentos escaseasen por la nociva combinación de cambio climático, aumento de la población, mala gobernanza y falta de infraestructuras.

Habrá zonas en las que se producirán desplazamientos internos de población y migraciones por causas ambientales, especialmente entre los sectores sometidos a malas condiciones sanitarias, desempleo o exclusión social. Los efectos perversos del cambio climático, junto con los desastres naturales y los conflictos armados, provocarán grandes flujos de desplazados y migrantes, sobre todo en las zonas más inestables de África. En consecuencia, las regiones de origen, tránsito y destino —entre las que destaca Europa— soportarán una fuerte carga migratoria sobre las economías nacionales y creará, cuanto menos, inestabilidad y enfrentamientos.

Por su parte, los Estados débiles no podrán satisfacer las necesidades de la población para superar las dificultades motivadas por el cambio climático. La incapacidad de los Gobiernos de estos países generará frustraciones y tensiones entre grupos étnicos y religiosos, desencadenando procesos de radicalización capaces de desestabilizar regiones enteras. De hecho, la pobreza extrema, el hambre y el crecimiento demográfico desmedido, tan típico de los Estados frágiles, son un caldo de cultivo idóneo para el radicalismo y el terrorismo. Por si esto fuera poco, se da la circunstancia de que las regiones de África, Asia meridional y Oriente Medio donde se prevé un aumento considerable de la escasez de agua, son las mismas que albergan la mayor parte de los Estados más frágiles del mundo. En particular, en países del Cuerno de África ya se observan indicios que vinculan las sequías y la variabilidad de los recursos hídricos con los conflictos entre comunidades de agricultores y pastores.

Las zonas costeras, donde vive la quinta parte de la población mundial, son especialmente sensibles al cambio climático. Muchas de las grandes ciudades, con sus puertos, refinerías y demás infraestructuras críticas, se encuentran junto al mar o en la desembocadura de los ríos, expuestos a la elevación del nivel del agua y al incremento de la frecuencia e intensidad de las tormentas y riadas. Más allá de la conmoción que producen las inundaciones en Venecia, las zonas densamente pobladas de las costas orientales de China y la India, así como el Caribe y Centroamérica, quedarán seriamente afectadas si no se contiene la situación emergencia climática. Particularmente dramático es el caso de los pequeños Estados insulares que, sin casi contribuir al cambio climático, serán sus primeras víctimas, hasta el punto de ver amenazada su existencia, como le ocurre a Vanuatu, Maldivas, Kiribati, Tuvalu y las Islas Salomón.

El calentamiento global está derritiendo ingentes masas de hielo polar. El retroceso del hielo abre una nueva dimensión en la competencia por los recursos naturales y, en el caso del Ártico, también por la apertura de vías marítimas más cortas y económicas que las actuales. Las nuevas vías y el deshielo en Groenlandia, por ejemplo, facilitarán el acceso a reservas de petróleo, gas natural y tierras raras, mineral estratégico del que China controla el 70% de la extracción mundial. Esto ha convertido a la segunda isla más grande del planeta en un objetivo codiciado por China y Estados Unidos, país que recientemente ha vuelto a manifestar su interés por la compra de la isla a Dinamarca, que antes que Donald Trump ya mostraron Harry Truman en 1946 y William Seward en 1867.

Todo lo planteado pone de manifiesto que el cambio climático es un factor desestabilizador de primer orden por su impacto directo sobre la seguridad internacional y de las personas. Desde una perspectiva política, tiene una incidencia directa sobre los intereses nacionales y la propia supervivencia de países y territorios. Sin embargo, además de los daños que ocasionará su repercusión en los conflictos y en las tensiones económicas, culturales y sociales, hay una dimensión más humana del problema, la que afecta a la vivienda, los medios de vida y la disponibilidad de alimentos y agua, sobre todo entre los más desfavorecidos. Se trata, en definitiva, de un problema global, complejo e imposible de afrontar exclusivamente a nivel nacional, por lo que exige una respuesta que necesariamente pasa por la colaboración internacional. No podemos olvidar que el cambio climático no respeta fronteras y que las consecuencias las sufrimos todos.

Francisco Rubio Damián es colaborador experto del Observatorio Paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza.

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