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Opinión - 4 semanas ago

A mí no se me nota apenas

Estimados bienintencionados que solo sois feministas a ratos, no nos leáis, si os molesta nuestra voz. Pero no nos digáis que hablemos de otra cosa

Desde hace un tiempo vengo escuchando un rumor alrededor de mi conciencia, que proviene de almas bienintencionadas que me quieren y se preocupan por mí, incluso quizá me admiran, y me susurran consejos desde la lejanía de sus temores. Lo consideraba un bisbiseo, casi una sensación, algo que nadie se atreve a pronunciar, hasta que el otro día un buen amigo abrió la boca por fin. “Tienes que dejar de escribir sobre feminismo”. Le faltó decir: “Ahora que parece que te lee más gente, no lo fastidies hablando siempre de eso”. No soy la única. Lo he comentado con otras compañeras y también les pasa. Lo peor del asunto es que no es algo del todo externo, creo que nosotras mismas originamos ese runrún, esa advertencia que viene de otra era: si seguimos hablando de esto, escribiendo sobre esto, acabarán por meternos de nuevo en el corral. Tenemos que disimular.

Lo cierto es que nadie de verdad feminista nos daría ese consejo, nadie de verdad feminista estaría preocupado porque escribamos sobre esto, repetidas veces, levantando una capa y luego otra, poniendo el dedo o el grito sobre la superficie más ancha. Nadie de verdad feminista es feminista solo a ratos. Eso era antes.

Es inevitable meditar sobre el tema. ¿Por qué tenemos que parar? O peor: disimular. Los bienintencionados no nos piden (la mayoría de ellos no se atreve a pedir siquiera, pero es fácil percibir que lo desean, igual que nuestros progenitores deseaban que no nos metiéramos en política; de hecho, exactamente igual) que abandonemos del todo, solo que no estemos siempre ahí. Y ¿por qué? ¿Es que la situación merece un descanso? ¿Es que hemos mejorado? Ya no hablamos de la gripe A, por ejemplo, porque ya no hay que hablar de ella. No hablamos de la borrasca Gloria, y eso que acaba de irse. Seguramente en breve no hablaremos del coronavirus, igual que no hablamos de la peste que azotó Europa en la Edad Media o del desastre del Prestige. Somos bastante obedientes con la actualidad. Y, por ejemplo, el lunes, nada ha podido impedirlo, entró en prisión una mujer por una condena de lesiones a su agresor, lesiones proferidas en defensa propia, durante una discusión con el que fue su pareja, mientras este le pegaba y la amenazaba de muerte. Él había sido condenado por violencia de género, pero nunca fue a la cárcel. El hijo de ella dice: “Mi madre lo único que hizo el día de los hechos fue evitar ser asesinada”. ¿Cuánto hablaremos de esto? ¿Cuánto tiempo estuvimos hablando sobre Juana Rivas? He tenido que buscar su nombre en Google.

Hablamos. Escribimos. Porque durante mucho tiempo no parecía que lo hiciéramos, aunque ya lo hiciéramos, porque siempre lo hicimos. En nuestros libros, en nuestros ratos de sofá, en la barra de los bares, en las cocinas, en nuestras miradas de desconcierto. Hablamos porque la construcción es tan profunda y está tan habilitada para suceder que en el fondo solo arañamos un pedacito de esa vasta superficie. El ruido que hacemos (el látigo que otros convierten en ruido molesto) es un murmullo, la parte sin aire de la escalada. Casi todas las mujeres que tengo cerca (y tantas que tengo tan lejos) han sufrido abusos machistas, han sido educadas desde la infancia bajo un sesgo brutalmente desequilibrado. Todo ha pasado desapercibido. Y, a la vez, hay tantas luchando desde hace tanto (siglos). La concesión sigue siendo tremenda, insólita, hasta en los núcleos más progresistas de la sociedad. Imaginad en el resto. La concesión no tiene límites. Los parcos límites legales que existen (por ejemplo) se han diseñado bajo esa concesión. Es necesaria una legión de nuevas mentes educadas en la verdadera posibilidad de concebir una sociedad basada en la libertad y en el respeto, nuevas mentes que ni siquiera sean capaces de concebir otro tipo de sociedad. Esta que todavía habitamos está mortalmente enferma. Lo repetiremos una vez más: las mujeres asesinadas y violadas son solo la punta del iceberg de un extenso sometimiento. Lo demás queda en casa.

A mí, por ejemplo, no se me nota apenas. Sé que a otras tantas tampoco. Yo puedo pasar perfectamente por una mujer que ha vivido al margen de las verdaderas tragedias del machismo. Pues bien: no es verdad. Las violencias han caído sobre mí, certeras, con estruendo.

Estimados bienintencionados que solo sois feministas a ratos (y el resto que no lo sois en absoluto), no nos leáis, si os molesta nuestra voz. Pero no nos digáis que hablemos de otra cosa, que escribamos de otra cosa. Porque con los ojos cerrados solo querremos ya dormir, y más tarde morir, a ser posible en paz. Porque hablaremos de esto el resto de nuestras vidas. Encerradas en un baño o en medio del frío invierno. Respetad esta revolución. Porque acallarla, incluso desde la prudencia del falso aliado, no es más que el síntoma reaccionario de que habremos de acabar desgañitadas, pero con los ojos abiertos, viéndolas a ellas y a ellos, a las que vienen, caminar en libertad.

 Lara Moreno es escritora. Su última novela es Piel de lobo (Lumen).

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